Todos hemos sido niños y todos hemos hecho alguna travesura. Yo, por ejemplo, tiré unos cuantos juguetes por el balcón (camiones de los gordos entre ellos) porque había un perro ladrando y quería que se callara.
Otra vez vacié un bote de champú (entero) mientras me bañaba, aprovechando que mi madre se había ido, sólo porque quería hacer “pompitas”.
No sólo eso: también era especialista en meter la pata. Mi padre aún me recuerda que una vez estábamos comprando y mi madre andaba mirando plantas. Mi padre estaba ya harto de esperar y me dijo algo así como “Qué pesada es tu madre con tanta planta y tanta leche” y yo, que era un buen hijo pero no tenía muy claro lo que suponía el off the record, fui corriendo y se lo dije a mi madre: “Mamá, dice papá que eres muy pesada con tanta planta y tanta leche”.
Aún así, creo que no soy un caso único y sospecho que muchos de vosotros escondéis grandes travesuras: jarrones rotos, mesas de cristal que perdieron el cristal, televisores que dejaron de verse de un día para otro y de forma sospechosa…
Y si no, alguna metedura de pata habrá, digo yo. Os dejo la de Celia, que fue quien me dio la idea ésta de las travesuras:
“Estaba yo en casa de mi abuela con unos 4 años y llaman a la puerta. Mi tía me dice que abra pero que si preguntan por ella que les diga que no está.
Allá voy a abrir la puerta y es una amiga de mi tía, que me pregunta por ella. A mí no se me ocurre otra cosa que: “Dice mi tita que ella no está”.
Ahora, teniendo más o menos la edad que tenía mi tía por aquel entonces, aún me pregunto cuánta vergüenza pasaría yo si me hubiera pasado a mí y cuánta vergüenza pasó ella en ese momento”.


















